dimecres, de novembre 29, 2006

[catalonia-europa] 2 - Gibraltar: Génesis y naturaleza de una cuestión colonial en Andalucía (2002)

Colonia de Gibraltar: Poblaci�n: 26.703 personas (20.022 con status gibraltare�o), 1991;
Superficie: 4,8 Km2
Colonia de Ceuta: Poblaci�n: 71.000 (1994). Superficie: 19 Km2.
Colonia de Melilla: Poblaci�n: 58.000 (1994). Superficie: 12 Km2.

Correo 2 - CONTINUACI�N de
Gibraltar: G�nesis y naturaleza de una cuesti�n colonial en Andaluc�a (2002)

La coyuntura y las negociaciones hispano-brit�nicas

A partir de mediados de 2001 se va a generar un nuevo escenario sobre la cuesti�n gibraltare�a que a la altura de Noviembre toma carta de naturaleza con el anuncio de que los Gobiernos espa�ol y brit�nico esperan poder llegar antes del final de 2002 (luego acortado a finales del verano de ese a�o) a un acuerdo sobre la Colonia, incluyendo la cuesti�n de la soberan�a.

El espectacular anuncio sorprende a las fuerzas vivas gibraltare�as en medio de un debate de reforma de sus instituciones que centra por entonces su atenci�n y que concluir�n en febrero de 2002, por el que pretenden blindar su situaci�n y dar pasos hacia conseguir su objetivo de asimilar su r�gimen al de la Isla de Man; aunque como para que entre en vigor depende del voto favorable del Parlamento brit�nico, mantendr�n la reforma en el congelador.

Como suele suceder en estos casos, este giro responde a una convergencia de procesos y causas.

De una parte, Gran Breta�a acababa de verse forzada en la OCDE a hacerse responsable y actuar para controlar y restringir las funciones de para�so fiscal del Pe��n, al objeto de sacarlo de la "lista negra" internacional de territorios fraudulentos. Aunque el Gobierno de la Colonia, meses despu�s, pretender� que tiene disposici�n a hacer las modificaciones justas para contribuir a este objetivo, desde el punto de vista de Londres parece ya claro que el modelo econ�mico gibraltare�o vigente ha de reformularse necesariamente para poder subsistir, dejando de funcionar como una plaza fiscal extracomunitaria y asimil�ndose paulatinamente al r�gimen de los m�s permisivos estados de la Uni�n Europea como Luxemburgo. La conciencia de este hecho tiene evidentes consecuencias, no s�lo para el mantenimiento de la viabilidad social del Pe��n sino tambi�n para preservar los intereses metropolitanos que, como es sabido, tienen en Gibraltar una excelente plataforma para su intervenci�n en Andaluc�a y otras zonas aleda�as. Los brit�nicos son conscientes que esta trasmutaci�n requiere de la connivencia del Estado espa�ol, tanto en lo inmediato como en Bruselas.

A otro nivel, Gran Breta�a considera que el constante recordatorio del caso gibraltare�o en la elaboraci�n de directivas y acuerdos comunitarios, es un elemento molesto que contribuye a dificultar la gesti�n de sus intereses esenciales y que puede ser usado en su contra no s�lo por el Estado espa�ol sino por otros socios-rivales en el seno de la UE. El Gobierno laborista de Blair, de otro lado, no s�lo ha tomado nota de su alto nivel de coincidencia pol�tica con el Gobierno espa�ol (modelo europeo, servilismo hacia Washington, etc) sino que aspira a ganar un aliado estable en la UE que pueda ayudarle a contrapesar el creciente poder�o de Alemania y mantener el marcaje sobre Francia. Resolver el contencioso de Gibraltar aparece como condici�n necesaria para poder avanzar en este objetivo.

Adem�s, el caso de Gibraltar se inserta dentro del Gran Juego en curso en el �rea del Magreb. Tanto el imperialismo franc�s como el yanqui o el espa�ol siguen atentamente la evoluci�n de los acontecimientos en Marruecos, Argelia, T�nez... Comparten la preocupaci�n por sostener a los reg�menes neo-coloniales de la zona: la Monarqu�a marroqu�, el R�gimen militar argelino y la dictadura de Ben Ali, a la vez que disputan por preservar o incrementar sus respectivas influencias.

En ese contexto, entre otros datos y elementos, cabe recordar la propuesta de cooptaci�n de las elites del Polisario que subyac�a en el primer Plan Baker sobre el Sahara (sostenido por Francia y EEUU) que propone la autonom�a saharaui bajo el Majzen marroqu� -en principio, no rechazado frontalmente por Argel- la subsiguiente propuesta de divisi�n del territorio entre Marruecos y la RASD (aceptada por Argel y el Polisario y rechazada por Rabat) y la ultima apuesta n�tida de EEUU y Francia en la ONU por su mantenimiento en Marruecos (que conlleva el fracaso del Polisario en sus prolongados intentos de aparecer ante EEUU como una opci�n alternativa, aceptable para sus intereses). Parece clara la preocupaci�n existente por la estabilidad de la Monarqu�a marroqu� y la convicci�n existente en la conveniencia de darle �xitos en el terreno exterior que puedan contribuir a su consolidaci�n en el interior.

La resoluci�n del caso de Gibraltar, en ese marco, conducir�a a la devoluci�n pactada en un plazo u otro de Ceuta y Melilla a Marruecos, desactivando tentaciones de imprevisibles consecuencias y una permanente amenaza de conflicto en la zona. As� lo reconoc�a el diario EL PAIS -rompiendo el uniforme discurso espa�ol al respecto- en su editorial del 3 de Noviembre de 2001: "La perspectiva de una soluci�n, aunque sea a largo plazo, del secular contencioso del Pe��n abrir� la cuesti�n de la soberan�a de Ceuta y Melilla. Son problemas hist�rica y jur�dicamente muy distintos, pero la psicolog�a de los mapas lleva a pensar que por la puerta abierta del otro lado del Estrecho, Marruecos intentar� hacer entrar tambi�n su reivindicaci�n sobre las dos ciudades norteafricanas. Sin duda, el Gobierno de Aznar, como sus predecesores, es consciente de ello, y tambi�n de que no cabe descartar salidas imaginativas, siempre y cuando Marruecos avance por la v�a de su democratizaci�n." A esto cabe a�adir el proyecto de asociaci�n de Marruecos (y del resto del Magreb) a la UE para consolidar su relaci�n neocolonial (siguiendo el modelo del ALCA en Am�rica Latina), proceso cuyos costes fundamentales en Europa caer�an nuevamente sobre las espaldas de Andaluc�a y que beneficiaria especialmente a Francia.

En este Gran Juego, en el que los brit�nicos van de la mano de EEUU, el Gobierno espa�ol act�a reforzando sus posiciones en Argelia, estableciendo mayores lazos con T�nez y una vez que EEUU -aun sin poner todo su peso sobre la mesa- y Francia se alinean claramente con su aliado de Rabat en el caso del Sahara, redescubriendo en la ONU un novedoso y sorprendente prurito �tico en forma de compromiso con el 'derecho a la autodeterminaci�n del Sahara'. El prop�sito espa�ol, cabe suponer, es que el conflicto saharaui siga abierto y el r�gimen de Marruecos no cierre sus debilidades en el Sur al menos hasta el momento en que el Estado espa�ol, una vez encarrilado el asunto de Gibraltar, este en disposici�n de afrontar el asunto de los Presidios de Ceuta y Melilla en mejores condiciones y con menores costes internos. Por supuesto, el Gobierno espa�ol sigue y seguir� p�blicamente defendiendo para consumo interno la insostenible y rid�cula posici�n que pretende diferenciar la condici�n de los tres enclaves.

Las conversaciones hispano-brit�nicas parten del acuerdo de obtener una Declaraci�n conjunta entre ambos Estados que de paso a un nuevo Tratado sustituya al Tratado de Utrecht, estableciendo la co-soberan�a del Estado espa�ol y de Gran Breta�a sobre el Pe��n en su conjunto, incluida la base militar -que ser�a concedida a Gran Breta�a seg�n el modelo de Rota y Mor�n- y el Istmo ocupado ilegalmente. En un principio lo que se transmite a la opini�n p�blica es que esta situaci�n de soberan�a compartida se acordar�a por un plazo de 50 o 100 a�os, para luego abrirse la posibilidad de una retrocesi�n plena al Estado espa�ol que -como heredero de la Corona espa�ola- conservar�a su 'derecho de tanteo' establecido en Utrecht. Una vez pactados todos los t�rminos del nuevo acuerdo y aprobado por los respectivos parlamentos estatales, este ser�a declarado vigente, si bien su puesta en practica requerir�a el visto bueno de Gran Breta�a que, a su vez, lo condicionar�a a obtener el consentimiento de la Colonia de Gibraltar. No habr�a que esperar a ese momento sin embargo para comenzar a ir ejecutando otros aspectos como el apoyo espa�ol al mantenimiento de Gibraltar como puerto franco, exento del IVA; la inversi�n de ayudas de la UE en la comarca para potenciar la centralidad de Gibraltar y su complementariedad con otros recursos estrat�gicos como el puerto de Algeciras, la eliminaci�n de los controles espa�oles en la Verja (una vez adherido Gibraltar al espacio Schengen), la extensi�n a los gibraltare�os de los beneficios de atenci�n sanitaria, etc, el pago de las deudas gibraltare�as de las pensiones a los jubilados andaluces que anta�o trabajaron en la Colonia y la utilizaci�n conjunta del aeropuerto de Gibraltar, permitiendo su uso sin restricciones. El acuerdo incluir�a la perspectiva de la concesi�n de una doble ciudadan�a a la poblaci�n del Pe��n.

De hecho, lo que en un principio se vende, ya incluye una aceptaci�n del veto gibraltare�o (que es una forma de reconocerle cierto derecho a la autodeterminaci�n) y supone la conformidad espa�ola del mantenimiento de la presencia brit�nica en lo pol�tico, econ�mico y militar sobre una parte del territorio andaluz, sostenida no ya en una victoria militar refrendada en un tratado del siglo XVIII sino en un pretendidamente m�s presentable acuerdo del siglo XXI, a cambio de poder colocar su bandera en el Pe��n junto a la brit�nica.

Los dos gobiernos intentan conseguir la participaci�n del Gobierno de la Colonia -como en anteriores rondas- sin �xito. Las razones que expone el Gobierno colonial son claras: no solamente exigen tener derecho de veto sobre el resultado final sino sobre todas y cada una de las etapas, acuerdos y compromisos, que es la forma en que entienden que pueden bloquear mejor cualquier posible cambio.

Hay que comprender que desde la perspectiva gibraltare�a -aparte la ret�rica sobre sus presuntos derechos como pueblo- existe una postura firmemente asentada que entiende que, incluso en el caso de tener que alterar en algo su actual posici�n como para�so fiscal, manteniendo viva la relaci�n colonial con Gran Breta�a pueden reactualizar con mayores garant�as su papel de centro financiero sin que, merced a la condici�n de aliado del Estado espa�ol en la OTAN y socio en la UE, ello implique obst�culos sensibles, pudiendo preservar todas las ventajas de su actual estatus, incluidas sus residencias a este lado de la Verja. A este prop�sito se encamina el discurso y la incesante actividad de su actual alcalde-ministro Peter Caruana y del lobby gibraltare�o. Caruana se niega a participar en las conversaciones sin derecho a veto; habla en Catalu�a y en Estrasburgo de la autodeterminaci�n gibraltare�a; en Londres reclama primero nuevamente el r�gimen de la Isla de Man; a continuaci�n recuerda en dos ocasiones el paralelismo entre Gibraltar y Ceuta y Melilla (sin abusar del argumento, para evitar sus riesgos de boomerang pol�tico en contra de sus intereses) e incluso apunta que no ver�a mal que Gibraltar obtuviera un status similar al de Andorra (un estado soberano con dos coprincipes) o lo que es pol�ticamente similar, convertir a Gibraltar en una nueva versi�n de M�naco en la costa andaluza.

Mientras el lobby gibraltare�o invita a una ristra de parlamentarios brit�nicos con sus familias al Pe��n e invierte millones de euros, financiando viajes, publicando anuncios con la bandera brit�nica en la prensa londinense e implicando en su causa al Partido Conservador brit�nico, en la Colonia se genera un ambiente de repulsa a "la traici�n de los ingleses". Tras varios actos organizados por la oposici�n de Bossano (que suele acudir a la televisi�n con una corbata con los colores de la bandera brit�nica) destinados a preparar el ambiente, se convoca mancomunadamente por patronal, partidos y sindicatos una Huelga General y una manifestaci�n en el Pe��n en protesta por el proceso en curso entre Londres y Madrid. Ese d�a la frontera se colapsa durante horas por las colas de gibraltare�os residentes a este lado de la raya que acuden en masa a manifestar en castellano e ingles su 'condici�n brit�nica'. Cuando posteriormente Straw, ministro brit�nico de exteriores, acuda a la Colonia en Abril -donde dice con todo descaro que el fundamento de la presencia brit�nica all� nace "del Tratado de Utrecht y la Constituci�n gibraltare�a"(sic) aprobada, record�moslo, por el Parlamento brit�nico- estar� a punto de ser agredido por una masa de encrespados gibraltare�os que, enarbolando banderas brit�nicas y la m�s reciente del Pe��n, endilgaran al ministro una abigarrada, colorista y bicultural colecci�n de insultos en ingles y castellano.

Tras el viaje comienzan a aparecer en la prensa anuncios de dificultades. Un d�a se dice que Gran Breta�a no se conforma ya con que el Estado espa�ol acepte el car�cter indefinido de la soberan�a compartida (cuando se empez� hablando de 50 a�os) sino que lo pretende permanente. Otro aparecen fuentes del ministro de Defensa brit�nico recordando la importancia de la base y sugiriendo que se la excluya de cualquier acuerdo -incluso en las condiciones de las bases yanquis- conservando sobre ella plena soberan�a a la manera que Gran Breta�a ejerce en sus bases en el Chipre griego. Finalmente, el ministro Straw, a finales de mayo de 2002, se descuelga con unas declaraciones a la BBC en las que, desdici�ndose incluso de lo ya afirmado por el mismo en el propio Parlamento brit�nico en febrero, convierte la opini�n gibraltare�a en definitiva. Si en Febrero, la posici�n del Gobierno brit�nico era que la Declaraci�n conjunta angloespa�ola seguir�a vigente a�n inaplicada, incluso en el caso de recibir el previsible rechazo de las instituciones y la poblaci�n de la Colonia ahora dice que la oposici�n de Gibraltar la har�a decaer en su totalidad, invalid�ndola y retrotrayendo la situaci�n a la existente en julio de 2001.

La satisfacci�n en Gibraltar ante este cambio resulta comprensible y explica porque Caruana se opone con vigor a las propuestas de los m�s ultras de convocar ya un refer�ndum unilateral a la manera rodesiana, prefiriendo esperar y eludir, al menos de momento, un enfrentamiento directo con Londres.

A fecha de hoy, resulta dif�cil aclarar si todos estos �ltimos hechos responden a intentos brit�nicos por consolidar y ampliar sus ventajas ya obtenidas tanto directamente en Gibraltar como en el conjunto de la relaci�n hispanobrit�nica, jugando con los costes de imagen que implicar�a al Gobierno espa�ol del PP un fracaso del proceso o si responde realmente a una victoria del grupo de presi�n gibraltare�o en Gran Breta�a.

Hay que tener en cuenta que el mero cambio brit�nico desde el inmovilismo anterior ya ha sido presentado por el Gobierno espa�ol ante la opini�n p�blica andaluza y espa�ola como un progreso; que no ha habido inter�s alguno por informar de que la mayor�a de las propuestas brit�nicas no son novedosas ni en relaci�n al caso concreto de Gibraltar ni en lo tocante a otros casos de enclaves coloniales brit�nicos y que tampoco ni la oposici�n espa�ola ni los grandes medios de comunicaci�n han tenido el menor inter�s por constatar que todo el marco de negociaci�n en curso implica una consolidaci�n de facto y de iure de la presencia brit�nica y el hecho colonial. Un efecto secundario de la frustraci�n del proceso ser�a destrozar uno de los argumentos impl�citos en la l�nea de explicaci�n oficial: "que Londres actuaba de esta nueva forma porque el peso internacional del Estado espa�ol no es hoy el de antes sino el de una potencia emergente", tesis con la que el Gobierno del PP continua precedentes discursos de Gobiernos del PSOE.(*)

La naturaleza del Conflicto y la posici�n andaluza.

En 1936, en pleno periodo colonial franc�s, Argel ten�a 175.000 habitantes europeos y 76.000 argelinos. Or�n, 148.000 europeos y 46.000 argelinos. Bone-Annaba, 45.000 europeos y 38.000 argelinos y s�lo los colonos europeos disfrutaban en la practica de ciertos derechos pol�ticos. Seg�n el actual criterio gibraltare�o y brit�nico, estas ciudades podr�an haber tenido derecho a la autodeterminaci�n para que su poblaci�n colonial decidiera mantenerse bajo soberan�a de Francia tras la independencia de Argelia. �Absurdo, verdad?. Pues el colonialismo franc�s contempl� hip�tesis similares y por evitar esta circunstancia y la separaci�n del Sahara, la guerra argelina se prolongo a�os.

Es el mismo criterio que se guarda el Estado espa�ol en la recamara para legitimar hoy la presencia colonial espa�ola en Ceuta y Melilla; d�ndose la paradoja de que un Estado opresor como el espa�ol que niega el derecho a la autodeterminaci�n a las naciones integradas en sus fronteras se beneficiaria de su aplicaci�n justo donde no es procedente.

Pensemos que si en la base de Guant�namo, los EEUU hubieran instalado poblaci�n yanqui -o simplemente caribe�a angl�fona o franc�fona- desde su apropiaci�n en 1900 y/o por ejemplo le hubieran sumado unos cuantos cubanos anticastristas despu�s de 1959, estar�a construido en Cuba un escenario similar al que existe en Andaluc�a en relaci�n a Gibraltar: los EEUU podr�an decirle a Cuba que, aun cuando su presencia deriva formalmente de la Enmienda Platt, ahora su ocupaci�n ha de mantenerse para proteger los deseos de estos hipot�ticos neoguantanameros.

En 1948, India requiri� a Portugal la devoluci�n de los enclaves de Goa, Diu y Damao. Tras una sucesi�n de incidentes y reclamaciones, a la altura de 1960 un sector de las elites de Goa (indios de confesi�n cat�lica y casta brahm�nica) auspiciaron un movimiento de autonom�a que cambiara el estatus de los enclaves, permaneciendo bajo soberan�a colonial portuguesa. La Dictadura fascista de Salazar rechaz� el cambio por no caer en contradicci�n con lo que era su pol�tica colonial en �frica (Angola, etc). La contundente respuesta de India fue ocupar los enclaves con sus tropas en 1961. El Consejo de Seguridad de la ONU aprob� una resoluci�n condenando a India que no entro en vigor por el veto de la URSS. India nunca hab�a llegado siquiera a plantear la cuesti�n en la ONU.

Recapitulemos.

Las colonias de tipo enclave -como es el caso de Gibraltar- tienen caracter�sticas propias.

Surgieron hist�ricamente como bases militares o factor�as comerciales (o una combinaci�n de ambas) desde las que controlar de forma indirecta el territorio anejo (a�n cuando, en alg�n caso, posteriormente tambi�n sirvieran de retaguardia log�stica para su ocupaci�n directa como ocurri� en Marruecos).

Las potencias coloniales fueron las que decidieron 'quienes' y 'cuantos' se manten�an dentro del per�metro de esos enclaves, seg�n sus intereses y las circunstancias de cada caso y a partir del hecho colonial configuraron poblaciones, bien a trav�s de la inmigraci�n, bien a trav�s de la cooptaci�n de elementos aut�ctonos favorecidos de forma desigual por la situaci�n colonial o por una combinaci�n de ambas opciones. Cuando a la potencia colonial le convino, no hubo escr�pulos en expulsar a los pobladores aut�ctonos o deportar el numero conveniente para mantener los equilibrios deseados o dificultar o impedir la residencia de personas del entorno que a medio plazo pudieran suponer un peligro para la seguridad e intereses coloniales. Siendo como son colonias, durante la mayor parte de su existencia han actuado b�sicamente como guarniciones, almacenes o presidios �seg�n los casos- y han estado a disposici�n de la potencia colonial para ser cedidos o intercambiados o devueltos, sin consideraci�n alguna a quienes viv�an all� acogidos a esa situaci�n y a consecuencia de ella.

Toda su vida ha girado en torno a dos hechos: A. Su dependencia de la potencia colonial, porque sin ella hubieran sido recuperados por los pa�ses y pueblos despojados. B. Su relaci�n colonial con su entorno, que es tan intima como desigual y que adem�s, en casos como los de Gibraltar o Hong-Kong, inclu�a adem�s una apropiaci�n ilegitima de terrenos posteriores a su primera anexi�n, fundamentales para el funcionamiento de esas colonias (cabe imaginar que pasar�a en Gibraltar si la Verja volviera a los limites del Tratado de Utrecht). Todas estas entidades son inviables si no se produce el asentimiento, la explotaci�n parasitaria o el sometimiento de su entorno, a cuyo futuro est�n ligados (el ultimo ejemplo, las 100.000 l�neas telef�nicas adicionales solicitadas por Gibraltar para menos de 30.000 personas con estatus legal gibraltare�o).

En el caso concreto de Gibraltar son obvias la responsabilidad, la torpeza o incluso los cr�menes del Estado espa�ol. Gibraltar no es un islote perdido en medio del oc�ano. No se puede entender la formaci�n o funciones de la colonia de Gibraltar y la pervivencia de la presencia colonial brit�nica sin relacionarla con Andaluc�a, de igual modo que es inexplicable sin a la vez tomar nota de las circunstancias hist�ricas de la dominaci�n espa�ola sobre Andaluc�a (como ocurre, a su vez, con la persistencia de la presencia colonial espa�ola en Ceuta/Melilla, que no se puede explicar separadamente, primero, de la intervenci�n colonial espa�ola en Marruecos y el Norte de �frica y luego de la naturaleza reaccionaria y neocolonial del R�gimen mon�rquico marroqu�). La Monarqu�a espa�ola entreg� Gibraltar, pasando del deseo de sus habitantes andaluces de la �poca; luego no fue capaz de recuperarlo; a continuaci�n le permiti� sobrevivir como foco de contrabando y luego como sumidero fiscal a costa del despojo y empobrecimiento de Andaluc�a y siempre ha supeditado su reintegraci�n a otros intereses estrat�gicos del Estado espa�ol.

Afortunadamente, los gibraltare�os actuales son culturalmente andaluces, como resulta evidente para cualquiera que visite el Pe��n; por mucho que en sus linajes familiares haya, en determinados casos, procedencias italianas, hebreas, maltesas... Gibraltar no es ni remotamente una naci�n. Sin la protecci�n brit�nica y el sistema econ�mico impuesto, Gibraltar y su poblaci�n se fundir�a sin problema con su entorno nacional. No es s�lo que Gibraltar forma objetiva e hist�ricamente parte del territorio andaluz sino que su poblaci�n, pertenece al �mbito hist�rico y cultural andaluz (con sus peculiaridades). De hecho su poblaci�n lo que habla usualmente en la calle es castellano en la modalidad ling��stica andaluza (aunque tambi�n tenga conocimiento y use el ingles en otros �mbitos y para otras funciones publicas).

Otra cuesti�n distinta es que, mayoritariamente, los gibraltare�os defiendan hoy pol�ticamente el mantenimiento de la situaci�n de privilegio econ�mico, unida a la dependencia colonial, al calor de las cual se ha conformado la forma de vida gibraltare�a. Ayer, a costa del contrabando masivo; luego del servicio a los brit�nicos durante el cierre de la Verja; luego del narcotr�fico; ahora a trav�s del para�so fiscal para lavado de dinero negro y la evasi�n tributaria desde Andaluc�a...

Gibraltar en relaci�n al Campo (donde, adem�s, residen y tienen propiedades buena parte de las personas con estatus gibraltare�o) ha actuado y act�a como una City en relaci�n a sus suburbios (el Campo); en el conflicto hay pues tambi�n un componente clasista impl�cito, a�n envuelto en diversos envoltorios. Es evidente que en el rechazo gibraltare�o hay junto a resabios justos por lo que ven al otro lado de la Verja, otro tipo de comportamientos que responden a la actitud e intereses de una burgues�a intermediaria que se ha configurado al calor de la situaci�n colonial y que impregna ideol�gicamente en Gibraltar incluso a muchos de quienes no tienen directamente arte ni parte en sus negocios. Como es obvio, la prosperidad gibraltare�a en comparaci�n con la pobreza andaluza no es algo gen�tico (no s�lo ser�a un argumento racista afirmarlo, sino que adem�s no casar�a bien con el hecho de la abundante cantidad de antecedentes, antepasados y familiares andaluces de la actual poblaci�n gibraltare�a) sino consecuencia de c�mo se han formulado las relaciones econ�micas y sociales en la Comarca al amparo de la ocupaci�n brit�nica en concreto, de un lado, y la dominaci�n espa�ola en general sobre Andaluc�a, de otro.

La capacidad hist�rica de fusi�n y de asimilaci�n cultural ha sido tan fruct�fera, que lo que hoy hay all� no es un problema ni nacional ni �tnico sino simplemente pol�tico, ideol�gico, social y econ�mico, que cristaliza y se concreta del lado gibraltare�o en la defensa de un estatus.

Una cuesti�n, complicada a�n m�s si cabe porque la naci�n a la que naturalmente pertenece el enclave -Andaluc�a- no dispone de Estado nacional propio y es representada en el contencioso por un Estado -el espa�ol- que no s�lo tiene intereses propios diferenciados a los de Andaluc�a sino que, adem�s, es aliado del poder colonial.

Complejidad que se evidencia, adem�s, al comprobar, como las pretendidas reivindicaciones especificas gibraltare�as se realizan bajo el amparo de la bandera brit�nica (a la manera de los unionistas norirlandeses), reclamando la protecci�n de Londres y aspirando a reproducir, tom�ndolos como modelos, a territorios brit�nicos como la Isla de Man, es decir, a perpetuar situaciones reaccionarias, construidas a partir de simultanear la condici�n de para�so fiscal y base militar, destinados inevitablemente a afectar parasitariamente al resto de Andaluc�a. De hecho, conviene subrayarlo, el discurso pol�tico de los portavoces pol�ticos de la poblaci�n colonial (Caruana, Bossano...) es m�ltiple y oportunista. En unos momentos y circunstancias -por ejemplo, al dirigirse a sectores de naciones oprimidas del Estado espa�ol o en �mbitos europeos- intenta usar de forma torticera la autodeterminaci�n, afirm�ndose y present�ndose como "pueblo" aunque cuando concretan que demanda encierran con ello, aclaran que lo que pretenden no es "una inviable independencia" (Caruana dixit) sino reproducir el modelo citado de la Isla de Man. Simult�nea y paralelamente, sin el menor reparo, no tienen problema en definirse en Londres como "ingleses", cuando as� les conviene para articular apoyos medi�ticos, pol�ticos o comerciales en Gran Breta�a de nost�lgicos del Imperio.

Aparte de consideraciones generales sobre su inaplicabilidad a las poblaciones de enclaves coloniales, la pretendida autodeterminaci�n en las circunstancias concretas de Gibraltar, reduciendo su sujeto decisorio a quienes tienen hoy estatus gibraltare�o, lo que significa, en s�ntesis, es preguntarles: '�quer�is seguir viviendo parasitando una naci�n como para�so fiscal?. �Quer�is seguir siendo una base militar imperialista?'. Ese ser�a el sentido y la consecuencia de aplicar la autodeterminaci�n a un colectivo que no tiene la entidad de los sujetos con derecho a autodeterminarse.

Con todo, siempre conviene recordar que, en ultima instancia y pese a la ret�rica, la continuidad del hecho colonial es una decisi�n tomada en Londres y no en Gibraltar.

En este punto conviene anotar, que el hecho de que el nacionalismo espa�ol haya usado la reivindicaci�n de Gibraltar -despreciando de paso siempre las circunstancias, derechos e intereses de la poblaci�n andaluza campogibraltare�a- no ha de llevar fr�volamente por reacci�n, a alinearse tras las posiciones colonialistas brit�nicas o los intereses espureos de la actual poblaci�n del Pe��n como, por ejemplo, reiteradamente han hecho ERC o con especial cinismo, Pujol; el PNV e incluso algunos elementos del nacionalismo canario. Ser�a un error de similar entidad que negar el derecho a la reintegraci�n territorial de Ceuta y Melilla a Marruecos por oposici�n a la naturaleza reaccionaria de la Monarqu�a marroqu�. Hacerlo as�, en el caso de Gibraltar, supone no s�lo olvidarse de los derechos nacionales de Andaluc�a, sino directamente colocarse contra ellos y reproducir nuevamente esa costumbre, tan cara a algunos, de 'golpear a Espa�a en el trasero de los andaluces'.

De todo lo dicho, se desprenden los siguientes principios:
a.. La situaci�n colonial de Gibraltar es nacional y socialmente inadmisible para Andaluc�a, ahora y en el futuro.
b.. La poblaci�n con estatus gibraltare�o residente en el Pe��n no es un sujeto colectivo que pueda reivindicar leg�timamente poseer el derecho a la autodeterminaci�n.
c.. La �nica soluci�n aceptable para el contencioso es la devoluci�n de la colonia y su reintegraci�n territorial al marco institucional andaluz existente.
Ciertamente, Andaluc�a se encuentra hoy ante este conflicto sin voz soberana propia. Es una consecuencia m�s de no ser una naci�n independiente y hallarse bajo el dominio del Estado espa�ol. Incluso Chaves se ha negado expresamente a que la Junta de Andaluc�a o la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar reclamen su derecho a estar presentes en cualquier proceso negociador, en un ejemplo m�s de servilismo a Madrid y traici�n a los intereses andaluces.

Desde una posici�n nacional, es evidente que el conflicto pol�tico principal de Andaluc�a hoy es con el Estado espa�ol y no con Gran Breta�a y que Andaluc�a no se haya exactamente en la misma situaci�n de otras naciones -como Euskadi- divididas entre dos estados, pero tambi�n hay que asumir que no se puede aspirar a afianzar una construcci�n nacional s�lida abdicando de enfrentarse a los desaf�os internacionales que esta implica, de ser desarrollada consecuente y victoriosamente, levantando una posici�n andaluza propia.

Por tanto, partiendo de esta realidad, esta apreciaci�n de prioridades no ha de impedirnos constatar tambi�n que para Andaluc�a es mejor tener que combatir s�lo al Estado espa�ol que a �ste y a Gran Breta�a sumados, tanto ahora como en el hipot�tico momento de una independencia andaluza en relaci�n a Espa�a. De ah� que desde un punto de vista nacional sea de nuestro inter�s apoyar como situaci�n transitoria el trasvase pleno de la soberan�a en el Pe��n de Gran Breta�a al Estado espa�ol, sin que ello comporte en absoluto ninguna coincidencia, apoyo o sost�n a las diversas propuestas, iniciativas o acuerdos concretos a los que pudieran llegar el Estado espa�ol y Gran Breta�a (co-soberan�a durante un periodo; mantenimiento de las exenciones fiscales y privilegios econ�micos; preservaci�n de la base militar; separaci�n de Gibraltar del resto de Andaluc�a, etc) que pudieran perpetuar elementos de la actual situaci�n colonial. Acuerdos todos ellos, que habr�a que denunciar y que en absoluto comprometer�an a una Andaluc�a soberana, que como Estado heredero, seguir�a siendo depositaria del derecho a la devoluci�n plena e incondicional de la colonia.

Simult�neamente, es de inter�s nacional y de obligada coherencia democr�tica, tanto preservar y desarrollar todos los derechos democr�ticos, sociales, culturales o ling��sticos de la actual poblaci�n gibraltare�a -a�n sabiendo que ello no atenuar� de entrada su actual posicionamiento- como dejar claro que los andaluces gibraltare�os no merecen por esa condici�n una consideraci�n diferente a la del resto; disociando con nitidez esos derechos de los privilegios que consolidan la presencia colonial. La situaci�n colonial y sus efectos sociales y el contexto pol�tico nacional obligan a reconocer que la v�a de b�squeda de contactos y colaboraci�n con las individualidades y colectivos progresistas de la Colonia dar� durante mucho tiempo menguados resultados, al menos hasta que la izquierda y el movimiento nacionalista andaluz no se conviertan en factores pol�ticos efectivos en la realidad andaluza.

Hay que aceptar pues, de forma realista, la perspectiva de que, si ya en el conjunto de Andaluc�a es previsible que hasta el ultimo momento queden algunos andaluces comprometidos con la situaci�n que la mantiene dominada, no hay porqu� extra�arse de que una minor�a mantenga similares posturas en la ciudad de Gibraltar y saber, por tanto, que en relaci�n con ambos habr�a que actuar en consecuencia llegado el caso. Y es que, como dice el refr�n: "no se pude hacer una tortilla sin romper alg�n huevo".
Javier Gonz�lez Pulido
Andaluc�a, 1 de Junio de 2002

Bibliograf�a
a.. Ministerio espa�ol de Asuntos Exteriores, Razones de Espa�a sobre Gibraltar, Aguilar S.A.Ediciones, Madrid, 1966
b.. Francisco N��ez Rold�n, "Los ingleses en el Pe��n - El Tratado de Utrecht", HISTORIA16, n� 187, Noviembre 1991, pp. 38-45.
c.. Rafael S�nchez Mantero, "Dif�cil convivencia en el siglo XIX", HISTORIA16, n� 187, Noviembre 1991, pp. 53-60.
d.. Florentino Portero, "El contencioso gibraltare�o, 1936-1991", HISTORIA16, n� 187, Noviembre 1991, pp.60-72
e.. Tito Benady, "Los gibraltare�os", HISTORIA16, n� 187, Noviembre 1991, pp. 73-86.
f.. Luis L�pez Puerta, "Gibraltar por Ceuta", HISTORIA16, n� 135, Julio 1987, pp. 24-36
g.. Enrique Carabaza, M�ximo de Santos, Melilla y Ceuta. Las ultimas colonias, Talasa SL, Madrid, 1993, ISBN 84-85781-90-2
h.. Robert R�zette, Les enclaves espagnoles au Maroc, Nouvelles Editions Latines, Paris, 1976
*Para ver desarrollos y conclusi�n fracasada del Proceso de negociaci�n auspiciados por el Gobierno espa�ola del PP y el Gobierno brit�nico en 2001-2002 ver en ANDALUCIA LIBRE: Gibraltar: Las cartas sobre la mesa, ANDALUCIA LIBRE n� 133, mi�rcoles, 31 de Julio de 2002 y Refer�ndum rhodesiano en Gibraltar y algunas actitudes vasco-catalanas contra Andaluc�a. ANDALUCIA LIBRE n� 145, viernes 15 de Noviembre de 2002

Articulo publicado en ANDALUCIA LIBRE n� 120, 1 de Junio de 2002.
Gibraltar: G�nesis y naturaleza de una cuesti�n colonial en Andaluc�a

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